Del Caudillismo a la Democracia representativa

noviembre 15, 2009 at 1:14 am (Uncategorized)

 

Anarella Vélez

 

Si el príncipe o los magistrados promulgan leyes o decretos injustos, el pueblo

no los cumplirá y se opondrá a su ejecución”.

CONFUCIO

 

 

 

El caudillo se autoproclama como un líder, -carismático o no-  que asalta el poder mediante mecanismos informales, confusos, obscuros  e  ilegítimos. Suele obtener el reconocimiento de las multitudes porque en su díscola personalidad pareciera encarnarse  la apropiada representación de las aspiraciones y la capacidad  de resolver las carencias de una  masa popular que lo sigue. El caudillo se granjea su legitimidad  política gracias al apoyo de determinados  sectores  del   pueblo, no de su mayoría propiamente dicho.

El caudillismo es un fenómeno histórico, social y político recurrente en la América Latina del siglo XIX,  que una y otra vez desembocó en férreas y represivas dictaduras. Para el caudillo la oposición era concebida como el enemigo al que había que destruir.  Aunque es necesario reconocer que algunos caudillos de América Latina dieron, en su momento,  paso a formas organizativas del Estado,  propias de las repúblicas democráticas e independientes,  posicionándose de manera un tanto críticas ante el neocolonialismo, con el apoyo, eso sí,  de las clases consentidamente enriquecidas.

Para calificar a un dirigente político de caudillo habría que dejar bien establecido que éste  asienta su poder  en cierta adhesión muy  permisiva de la ciudadanía,  y, por tanto,  en la consiguiente falta de asideros cívicos, propios de  una sociedad profundamente  jerarquizada y fragmentada. El caudillo no promueve ni desarrolla ninguna conciencia ciudadana.

Cabe señalar que el caudillismo ha sido posible gracias al inexistente consenso político. Por eso el caudillo necesita aliados obedientes, no deliberantes. Esa es precisamente la razón  por la que se ve tentado a deponer y suplantar  a los gobernantes  legítimos  y ha autoproclamarse  “Presidente” o cosa parecida, y por la cual en un breve o largamente calculado plazo  convoca a elecciones en las que, curiosamente, es elegido “Presidente Constitucional”.

Este  modelo fue el seguido por los caudillos en México –Santa Anna, Díaz-;  en Chile –Carrera- ; en Argentina –Rosas-; en Colombia –Alcántara, Gaitán-;  en Honduras –Carías.  En todos estos casos no encontramos gobiernos arraigados en una ciudadanía que se entienda a sí misma como un conjunto de individuos con intereses comunes a su comunidad política.  Su inestabilidad está determinada justamente por  su escasa base social.

El caudillismo ha sido la respuesta de los grupos de poder carentes de un amplio apoyo y reconocimiento social.  Para sus adalides  y sus cómplices es caldo de cultivo un Estado desorganizado y caótico,  sin definidos y validados planes de conducción administrativa.

Para este tipo de gobernante la autoridad y el mando se imponen y se ejercen  a través de la fuerza. Procura deslegitimar al mandatario que le antecedió para reacomodar las políticas de Estado del modo que mejor le conviene, en busca, a toda costa, de su beneficio personal y del bando que lo sostiene. Sin duda alguna,  el caudillo es juez y parte de una estratagema política   que promueve la exclusión, el despotismo, el autoritarismo y el escarnio mediático de sus adversarios.

Para el caudillo es fundamental reforzar el chauvinismo , la pasión patriotera, a fin de  aislar del concierto de las naciones al débil y desorganizado Estado que regenta. De esa manera, en solitario –desde su ansiada “soledad del poder”- maneja a su antojo los intereses de la nación y  decreta  un orden social que sólo beneficia a unos pocos, a la clientela política que lo reverencia y consagra como tal.

Por todas estas razones, resulta un contrasentido calificar al Presidente Constitucional  Manuel Zelaya como un caudillo. Zelaya es más bien el dirigente político de una mayoría popular bastante consciente de sus propios intereses,  que rechaza la demagogia y las falsedades de los políticos tradicionales. Es  -guste o no, convenga o no- el guía de un pueblo que hoy por hoy  se moviliza espontáneamente,  que abandona la pasividad e indiferencia ante este  golpe de Estado del 28-J y que,  de aquí en adelante,  ha decidido dejar  atrás la rutina y el automatismo del gesto cotidiano,  no simplemente  porque un “conductor” los incita a ello,  sino  porque un pensamiento consciente los   convocado y anima a dar todo lo mejor de sí.

Zelaya ha demostrado poseer una vocación natural hacia el ejercicio de la  política en beneficio de los más humildes y  desposeídos. Es importante señalar que para estos compatriotas  Zelaya no es un caudillo redentor. El pueblo hondureño tiene muy claro que sólo el pueblo redime al pueblo. Y un claro ejemplo de ello es que  Zelaya siempre ha asumido al pueblo como El Soberano, de donde emanan las directrices de su gobierno.

Guste o no -insisto en ello-, Manuel Zelaya Rosales es sin duda el gobernante que ha arriesgado sus mejores anhelos y esfuerzos para poner a “esta patria vacilante e incierta”  en ese aquí hondureño y  en  ese  ahora internacional que distingue a las naciones democráticas.

Un caudillo es todo lo contrario; y quien no lo quiera ver así es porque añora o desea lo peor que le ha podido pasar a Honduras.

 

 

 

8 de noviembre de 2009

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