Regreso a Honduras

julio 24, 2011 at 12:53 pm (Uncategorized)

Anarella Vélez

Si vas a emprender el viaje hacia  Ítaca
pide que tu camino sea largo, 
rico en experiencia, en conocimiento.
CONSTANTINO KAVAFIS

Pudimos afirmar sin exageración que presenciaríamos un acontecimiento de excepcional importancia histórica. El Presidente Zelaya volvía de su exilio.  Sin embargo,  no fuimos  capaces de presagiar la magnitud de las  emociones  que su retorno  despertaría en  mis coetáneos y en mí misma.

Ese día, caminamos  –mi solidaria tía Soledad y yo-   hacia la plaza Isis Obed, en las cercanías del Aeropuerto Toncontín de Tegucigalpa.  Respondíamos así, puntuales, a la convocatoria de las Feministas en Resistencia, del Frente Nacional de Resistencia Popular.

Nos informamos, el 28 de mayo  el Presidente   llega desde  Nicaragua.  Un avión con bandera venezolana, generosamente prestado por el pueblo de ese país, lo transporta. Zelaya regreso  protegido por el acuerdo de Reconciliación Nacional firmado por  Porfirio Lobo Sosa y sus pares Hugo Chávez y  Santos. Dicen que con él vuelven otras/os hondureñas/os de pura cepa: Patricia Rodas, Enrique Flores Lanza. Y así fue.

La espera nos permitió rememorar, paso a paso, las circunstancias de su expulsión del país. La medidas sociales del gobierno de Zelaya;  la consulta ciudadana; la participación popular en las decisiones del Estado; la conspiración de los poderes Legislativo y  Judicial para dar el golpe del 28 de junio;  el apresamiento y exilio de Zelaya; su inextricable entrada al país en septiembre/09; los cuatro meses de encierro en la Embajada del Brasil; las conversaciones nocturnas del Presidente con periodistas de los medios perseguidos por el gobierno de facto…su exilio hacia La República Dominicana.

Inevitablemente evocamos, con nostalgia y la rebeldía todavía viva, las manifestaciones de la Resistencia en contra de la dictadura.

La primera acción  del presidente nos conmovió profundamente.    Besó nuestro suelo, acto de amor a la patria poco frecuente en nuestro país.  De ese modo  nos decía que quiere a esta Honduras, como dice el poeta Paredes en uno de sus versos, como se quiere a una quinceañera. Ese episodio, ese instante,  nos dejó muy claro que Zelaya venía más fuerte y vital.  Entendimos que el exilio le ha dejado experiencias que han galvanizado al político y al humano que conviven en él.

Una marea  humana estaba con nosotras. Veníamos a ver/escuchar a Zelaya. Las expectativas eran grandes. Su agitada vida  en el exilio le ha convertido en el ciudadano más complejo de nuestra historia. Lo ha enriquecido y ha crecido su discurso político,  más agitador que nunca.

Para beneficio del pueblo, la oratoria de Mel  mantiene viva la llama de la resistencia. Sus palabras   evidencian  que no teme a la oligarquía. Las vivencias recientes han elevado su pensamiento y  han acrisolado sus sentimientos. Estamos persuadidas:   la identidad entre la ruta política de Zelaya y los  intereses del pueblo hondureño está trazada.

Mel ha puesto su genio y empeño en la causa más importante de nuestro tiempo: la lucha contra la desigualdad social. A pesar del hecho irrefutable de que todas/os nacemos iguales,  en nuestro país las disparidades son abismales y tras el golpe se han profundizado, hoy día los pobres son más, los infelices y desgraciados van en aumento.

Ese día denunció clara y llanamente  al sistema social para el que las diferencias sociales  son  consustanciales. El reto, dijo, está en  la construcción de  una sociedad  en la cual  los recursos socioeconómicos y culturales estén al alcance de todas/os. Una Honduras en la que la satisfacción de las necesidades del pueblo sean prioridad.

Data histórica, entonces  se reafirmó nuestra confianza en el futuro de Honduras. A trabajar, unidas/os,  a edificar la nación que anhelamos, en la que la educación y la salud no sea un privilegio, sin inequidades sociales.  Mel tiene claro que este país, su país, le ha ofrecido la oportunidad de trascender a la Historia como uno de los más lúcidos conductores del movimiento popular del siglo XXI.

Tras su  discurso  entendimos que  Zelaya  ha logrado un dominio de sí mismo  propio de aquellas/os que tienen la certidumbre de haber mantenido una vida coherente con su visión del mundo, con sus principios.  Le pese a quien le pese.

 

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Acoso Judicial

julio 6, 2011 at 3:08 pm (Uncategorized)

Anarella Vélez

La política social en beneficio de los históricamente marginados del Presidente José Manuel Zelaya en Honduras le está costando a él mismo y a sus colaboradores más cercanos y leales la persecución  y la privación de la libertad.

Las/os hondureñas/os vemos con preocupación que en este país siguen vivas las antiguas prácticas de represión política. Aquellas que durante el siglo XX enviaron a la cárcel o al exilio a quiénes   se opusieron a los regímenes autoritarios:  Graciela Amaya García, Graciela Bográn,  Ángel Zúniga Huete, Carlos Roberto Reina.  Ya se hace el parangón entre Cariato y Porfiriato.

La disidencia política en la Honduras de hoy tiene como respuesta el acoso judicial. Para prueba un botón: el trato al que está siendo sometido el ex ministro de la presidencia del gobierno de Manuel Zelaya Rosales, Enrique Flores Lanza,  tras su retorno a Honduras después de estar en el exilio durante 23 meses. A él se le ha  dado casa por cárcel y se le ha impuesto una fianza impagable de 27 millones de lempiras.

De aquí en adelante  Enrique Flores Lanza,  convertido en  perseguido y   preso político por su adhesión al Frente Nacional de Resistencia Popular, en lucha pacífica por el retorno al orden de derecho y a la democracia real, es enaltecido por la vigencia de sus planteamientos críticos. Resulta inevitable establecer la analogía entre su situación y la de Mahatma Gandhi, Kim Dae Jung, Aung San Suuj Kyl,  quienes tras su encarcelamiento por sus ideas políticas, contribuyeron a transformar el mundo y las formas democráticas de gobierno.

Toda la ciudadanía demócrata de este país y del mundo entiende que las acciones del poder judicial son sintomáticas de un sistema en decadencia.   Buscan escapatorias a la crisis con medidas neofascistas y la profundizan . Es  evidente que las causas de estos excesos y de estas violaciones al debido proceso son el producto de una visión de país que solo beneficia a reducidos sectores, profundamente conservadores y cuya idea de nación se funda en valores en los  que no cabe la justicia, la equidad.

Para nadie es desconocido el compromiso de Enrique Flores con las causas justas a lo largo de su vida. Tampoco , su adhesión al proceso de consulta ciudadana conocida como cuarta urna, y su actual participación en el Frente Nacional de Resistencia popular. Cabe, por tanto, suponer que él es una víctima más de la represión selectiva que se vive en este país y, ante todo, se pone de relieve la hostilidad y la conducta aberrante del sistema judicial.

Numerosos analistas han señalado  que el gobierno   debería estar en lucha abierta contra el narcotráfico, la corrupción política, el terrorismo impuesto por las maras, la persecución de los crímenes de los golpistas, sin embargo  se dedican a vulnerar los derechos de la oposición, de las/os miembras/os del FNRP y el FARP, de cuya comisión política es parte Flores Lanza, en una franca criminalización de la lucha social.

Como es obvio para todas y todos,   los jueces del régimen no   consideran –no les importa-  que el Gobierno de Porfirio Lobo Sosa sea signatario del Acuerdo de Reconciliación, según el cual se garantiza la defensa en libertad para los exfuncionarios del Presidente. Por el contrario conspiran, con el presidente de la Corte Suprema de Justicia Jorge Rivera Aviles a la cabeza,  para que se  impongan medidas sustitutivas que le impidan defenderse en libertad.

No pasará mucho tiempo, pues nuestra historia no se detiene, guste o no,  para que la nación entera vea la reparación  de estos daños. Tendrán que establecerse acciones para indemnizar a todas/os las/os afectadas/os por el golpe de Estado del 28-j.   Ya está ocurriendo en otras naciones latinoamericanas, Honduras no será un excepción y, le pese a quien le pese,    a los perseguidos y privados de la libertad por razones políticas se les hará justicia.

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El 4 de julio en la historia.

julio 5, 2011 at 12:44 pm (Uncategorized)

TRIBUNA: EDWARD MALEFAKIS

¡Feliz 235 cumpleaños, Tío Sam!

EDWARD MALEFAKIS 04/07/2011

El 4 de julio, Estados Unidos celebra su Día de la Independencia porque fue en esa fecha de 1776, hace 265 años, cuando los estadounidenses se proclamaron independientes de Gran Bretaña. Para que la independencia se hiciera realidad, fue preciso librar una guerra de ocho años contra el Imperio Británico, durante la cual los estadounidenses recibieron una ayuda decisiva de Francia, España y Holanda.

La noticia en otros webs

La Revolución Americana sentó los principios de libertad, igualdad y democracia

La Guerra Civil puso fin a la esclavitud, una vulneración del ideal de la libertad

Y tuvieron que pasar 12 años más antes de que se alcanzara una unidad política y una estabilidad socioeconómica suficientes para garantizar la pervivencia de la nueva república. Así ocurrió en torno a 1796, al término de la segunda presidencia de George Washington. Los 20 años que mediaron entre 1776 y 1796, y no solo la Guerra de la Independencia, conforman la gran revolución estadounidense del siglo XVIII. Es un periodo justamente celebrado, que probablemente constituya el momento cumbre de la corta pero en general gloriosa historia de Estados Unidos. La devoción que suscita no se ha mitigado con el paso del tiempo y, en realidad, puede que durante los últimos 50 años haya aumentado. ¿A qué se debe esa veneración?

No se debe al fulgor de las armas estadounidenses durante la guerra contra Gran Bretaña. Washington no era Napoleón y la contienda habría podido terminar probablemente tres meses después de empezar, cuando su diminuto Ejército estuvo a punto de verse cercado por la flota británica en Long Island y Manhattan. Milagrosamente, los rebeldes escaparon a la amplitud de los espacios de Nueva Jersey y Pensilvania, donde lograron aguantar durante un año.

En octubre de 1777, una gran victoria rebelde contra las tropas invasoras británicas procedentes de Canadá cambió el curso de la guerra, induciendo a Francia a convertirse en aliada de Estados Unidos. Durante los cuatro años siguientes, la contienda sufrió una serie de complicados conflictos regionales, sobre todo en el sur. El proceso culminó en octubre de 1781, cuando el principal ejército británico se rindió a las fuerzas estadounidenses y francesas en Virginia. Después vendrían otros dos años de desganado combate, antes de que Gran Bretaña decidiera poner fin a sus pérdidas y reconocer la independencia de Estados Unidos.

Así terminó el principal periodo de la crisis revolucionaria, pero antes de que la independencia pudiera consolidarse, otras crisis menores la aguardaban. La primera tuvo lugar entre 1784 y 1786, cuando la revolución social, las disputas interregionales y el caos económico azotaron a la nueva nación. Con el fin de solventarlas, en 1787 se reunió en Filadelfia una nuevaasamblea para dar forma definitiva al sistema de Gobierno estadounidense, hasta entonces basado en acuerdos provisionales. La Constitución posterior y los apasionados debates políticos que suscitó, además de la propia Declaración de Independencia, constituyen el legado más importante de la época revolucionaria.

Las inmortales palabras de dicha declaración proclaman los objetivos de cualquier Gobierno democrático: “Sostenemos que las siguientes verdades son evidentes: Todos los hombres han sido creados iguales. El Creador les ha dotado de ciertos derechos inalienables. Entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Para garantizar esos derechos, los hombres constituyen Gobiernos que derivan sus legítimos poderes del consentimiento de los gobernados. Siempre que un Gobierno se torne destructivo para esos fines, el pueblo tendrá derecho a instaurar uno nuevo y a organizarlo del modo que le parezca más proclive a garantizar su seguridad y su felicidad”.

¡Qué espléndida síntesis de principios democráticos fundamentales! Si la Declaración de Independencia determinó que la democracia era el objetivo correcto de un Gobierno, la Constitución y los debates que conllevó ayudaron a establecer los medios con los que tal fin podría lograrse.

¿Cómo lo hizo? Descentralizó el Gobierno de tres maneras. En primer lugar, separó sus funciones básicas -legislativa, ejecutiva y judicial-, permitiendo al mismo tiempo que se interrelacionaran eficazmente.

En segundo lugar, instituyó una moderna variante de federalismo al entregar de facto,y en muchos sentidos, la soberanía a los gobiernos regionales, en lugar de concentrar todo el poder en el nivel nacional.

En tercer lugar, obligó a los Gobiernos a respetar unos procedimientos descritos detalladamente en una Constitución escrita.

Evidentemente, las palabras no bastan para construir la realidad. Igual importancia que la Declaración y la Constitución tuvo la forma que utilizaron los Gobiernos de la nueva nación para aplicar esos preceptos. Y aquí es donde reside realmente la importancia de Washington, que dominó el periodo de posguerra aun antes de ser elegido por primera vez presidente en 1788. Ni antes ni después de esa fecha un caudillo militar ha demostrado tanta responsabilidad ni tanta brillantez como gobernante civil. Situándose muy por encima de cualquier otro al final de la guerra, consiguió evitar que las disputas entre dirigentes menores pusieran en peligro la estabilidad de la incipiente república. También impidió la creación de una nueva aristocracia entre los vencedores y guió con firmeza el país, haciendo que sobreviviera a las tormentas ideológicas desatadas por la Revolución Francesa de 1789-1793. Igualmente, evitó que Estados Unidos se viera arrastrado a las grandes guerras europeas iniciadas ese mismo año y al siguiente sofocó, con moderación, una rebelión interna. De hecho, la moderación caracterizó todas sus acciones, alcanzando su punto culminante en 1796, cuando se negó a prolongar su permanencia en el poder, optando por retirarse y permitir la elección de otro presidente. Washington creó la tradición de ceñirse siempre a los límites constitucionales, algo a lo que en general se atuvieron sus sucesores.

Estados Unidos tuvo una gran suerte con sus primeros dirigentes, sobre todo con Washington, pero también con otros “padres fundadores”: con Adams y Madison, por la profundidad de sus raíces en el pensamiento político; con Jefferson, por su elocuencia; con Hamilton, por la fina inteligencia con la que abordaba los problemas económicos, y con Franklin, por su irónica sabiduría. Pocas veces se ha dado el caso de que seis líderes de tal categoría hayan podido trabajar juntos.

Con todo, la veneración sin límites que suscita el periodo revolucionario tiene una consecuencia negativa. Su prominencia ha eclipsado normalmente el hecho de que los Estados Unidos de hoy en día también son fruto de otras dos grandes revoluciones: la decimonónica, desatada por la guerra civil y por Abraham Lincoln, y la del siglo XX, relacionada con Franklin D. Roosevelt, la II Guerra Mundial y Harry Truman. De no haber tenido lugar alguna de esas tres revoluciones, los Estados Unidos actuales serían un lugar radicalmente diferente, casi irreconocible.

Con todas sus virtudes, la nueva república creada por la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos también tenía defectos considerables. Uno de ellos era el “pecado original” de vulnerar sus propios ideales de libertad y democracia al mantener en la esclavitud a gran parte de sus habitantes negros. Otro defecto, en parte fruto de la esclavitud, era el excesivo poder político de los estados sureños, algo que estuvo a punto de arrastrar a toda la república hacia su órbita, cada vez más retrógrada. Esos defectos fueron erradicados durante la guerra civil, que, en palabras de Lincoln, supuso que Estados Unidos “naciera de nuevo a la libertad”.

El tercer defecto fue la tendencia de la nueva nación a insistir más en la libertad que en la igualdad y la fraternidad, abandonando a los desventurados a una suerte con frecuencia cruel. La gran revolución iniciada por Roosevelt en 1932, que se prolongó durante tres décadas, hasta mediados de los sesenta, modificó en gran medida esa tendencia. Esa revolución también puso fin a una política exterior aislacionista: al llegar el siglo XX, una de las virtudes iniciales de la República se había convertido en un grave defecto.

Es preciso conmemorar estas tres grandes revoluciones. Pero quizá la primordial sea la del siglo XVIII, ya que sin ella no habrían sido posibles ni la del XIX ni la del XX. Así que el 4 de julio es un día realmente importante. Merece la conmemoración no solo de Estados Unidos, sino de los demócratas de todo el mundo.

 

fuente: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Feliz/265/cumpleanos/Tio/Sam/elpepuopi/20110704elpepiopi_4/Tes

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