Roberto Castillo

febrero 6, 2013 at 9:12 pm (Uncategorized)

Anarella Vélez

Roberto Castillo

Me parecía que la tierra no hubiera sido habitable si no hubiese tenido a quien admirar.

Simone De Beauvoir

Roberto Castillo Iraheta (Erandique, Lempira 1950- Tegucigalpa,  2008) es, a no dudarlo, uno de los  más importantes narradores hondureños del siglo XX.   Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica y  se dedicó durante muchos años a su enseñanza. Entre sus obras cabe destacar Subida al cielo y otros cuentos(1980), El corneta (1981), Figuras de agradable demencia (1985), Traficante de ángeles (1996), La guerra mortal de los sentidos, su segunda novela (1996).   Del siglo que se fue es el título de la recopilación de sus mejores ensayos filosóficos, artículos literarios y crónicas, publicado en el 2005. En el 2007 se edita el libro de cuentos La tinta del olvido.

Conocí a Roberto  en  mi adolescencia, aquel fue un encuentro singular que más tarde describió en un cuento. Desde entonces nuestra amistad fue excepcional y perduró a lo largo de su vida y la mía. Aunque  a él se le ha descrito como un intelectual austero e intimista, en nuestra compañía transitaba fácilmente de la severidad a la gentileza y geniales arrestos de humor. Tenía sobrenombres para todas/os  nuestros adversarias/os,  de quienes hilaba finas e irónicas descripciones que luego trasladaba a sus obras.

Recuerdo su entusiasmo con  la creación  de la Carrera de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma,  estaba  convencido de la urgente necesidad de formar sistematizadores de la actividad teórica, con un lenguaje conceptual capaz de describir y explicar la realidad y con el instrumental critico que permita la investigación de la cultura y las ideas que le dan fundamento. Creía, con  Sartre, que  la felicidad no consistía en hacer lo que uno quiere sino en querer lo que uno hace.

Eran  tiempos de formación y él se convirtió en mi maestro, asistí a  sus cursos de filosofía: Estética materialista y Epistemología. En eso años integramos un círculo de lectura en el que participaba María Victoria Talavera, Francisco Mendizábal, María de la Cruz David e Yves Dorestal, filósofo haitiano con formación en la escuela alemana de Frankfurt. En ese contexto estudiamos el significado de la teoría en el escenario de la consolidación del sistema capitalista.  Entendí, desde entonces, que la investigación social debe desarrollarse como análisis crítico de la relación entre la teoría y la praxis.

Su amistad con Hernán Antonio Bermúdez y Rigoberto Paredes nos unió aún más. Colaboré en la mayoría de los proyectos que ellos emprendieron. Las publicaciones  de esos años  se fraguaban en nuestras  magníficas reuniones en una casita compartida en Santa Lucía, frente al lago . Fueron meses de intenso intercambio intelectual. Su trabajo en la Editorial Guaymuras tuvo frutos que aún hoy gozamos. Para entonces, participó en  fundación de  la Revista Alcaraván, la cual representa un verdadero hito de la historia de las publicaciones periódicas de nuestro país, tanto por su contenido como por el cuidado  de su edición.

Con Roberto y  Enrique Ponce Garay, librero y  crítico de cine,  también compartí el interés por  las grandes  tradiciones  cinematográficas  europeas y latinoamericanas. No nos perdimos ni una de las buenas películas que llegaban a la provinciana Tegucigalpa: Buñuel, Fellini, Vajda, Rossellini, Visconti, De Sica,  Schlondorff, Fassbinder, Herzog, Winders, Miguel Littín, Raúl Ruiz, entre otros. De todos los filmes que vió  dejó profusas notas que son prueba  de su exquisito gusto por el cine.

Durante mi exilio voluntario en Barcelona, entre el 82 y el 86, nuestro intercambio epistolar mantuvo firme nuestra amistad. En  esos años,  de represión y persecución,  Roberto permaneció en Honduras, escribiendo y reflexionando, forjando su pensamiento, convirtiéndose en una de las mentalidades más brillantes en tiempos en los que pensar y escribir podía costar la vida, como hoy. A mi regreso de España, lo encontré placentera y felizmente unido a Lesly Jiménez, quien sería su compañera solidaria para el resto de sus días.

En septiembre del 2007 le revelaron la existencia de un tumor en el cerebro, lo intervinieron quirúrgicamente, recibió medicina alternativa, pero ya era tarde, la muerte lo alcanzó el 2 de enero de 2008. Tenía 57 años.

Roberto donó su biblioteca a La Universidad Nacional Autónoma de Honduras, institución que  rinde un merecido reconocimiento a este admirable intelectual  hondureño al inaugurar  el 13 de febrero de 2013  la Colección Roberto Castillo Iraheta como parte de la Colección Hondureña del Sistema Bibliotecario de la UNAH. Así recuerdo a Roberto, este es mi particular homenaje a su memoria.

Contacto gloriaavelos@gmail.com

Permalink 1 comentario