Informe del grupo 6: La Revolución Sandinista y la Doctrina de la Seguridad Nacional

 

UNAH

 

HISTORIA DE HONDURAS

 

INFORME DEL GRUPO NUMERO 6

 

Temas: 1.- Triunfo de la Revolución Sandinista

                2.- Implementación de la Doctrina de Seguridad  Nacional

 

 

Alumno: Gustavo Adolfo Navarro Orellana…..9212339

 

 

 

Tegucigalpa M.D.C                                  28 de Junio de 2009

 

 

 

 

TRIUNFO DE LA REVOLUCION SANDINISTA

INTRODUCCION

La revolución sandinista así como cualquiera de las revoluciones que la historia relata es un ejemplo del deseo mas ferviente del ser humano de dominar y no ser dominado; de la lucha del que tiene y del que no tiene; del fuerte y del débil; del pobre y del rico; del dueño del capital y del desposeído. Es como una película relatada en varios idiomas, expresada entre dolor y fermentada por la necesidad de justicia, igualdad etc.

Parece al verla y escucharla que la vida nos permite escuchar una ves mas el grito de libertad en medio del tiempo, es como si la revolución francesa la independencia de los Estados Unidos, la revolución que se dio en la extinta URSS y aun la independencia de nuestra Centro América se repitiese en un nuevo escenario con nuevos actores. Una versión moderna del ansia de venganza de aquellos que tuvieron el poder solo para su beneficio sin importar lo que fuese aun cuando esto se traduce en el sufrimiento de su mismo pueblo.

BREVE HISTORIA DEL PUEBLO NICARAGÜENSE

Lo que hoy se conoce como Nicaragua estaba poblada hace al menos 10.000 años, según las huellas encontradas en una zona de Managua (Acahualinca). Además se cree que pudo haber migraciones indígenas años después de Cristo.

No fue hasta el segundo viaje de Cristóbal Colón, que toco por primera vez la costa del Caribe, pero en realidad el primer explorador que recorrió el país fue Gil González de Ávila. Luego de un periodo de intento de conquista el cacique Nicarao se resistió a la colonización española.

Las primeras ciudades fundadas en Nicaragua son las que Francisco Hernández de Córdoba fundó en 1524 y conocidas hoy como ciudad de  León y Granada.

Los españoles se sintieron atraídos por el oro con que fueron obsequiados inicialmente por los indígenas, pero este oro pronto se acabó. Las ciudades de León y Granada obtuvieron su riqueza de la agricultura y del comercio y pronto surgió una gran rivalidad entre ellas.

La zona del  Caribe no fue nunca dominada por los españoles. Los ingleses mantuvieron relaciones comerciales con los indios Misquitos, que poblaban esa zona, y no fueron raras las expediciones violentas de dichos indios a las ciudades del interior. Como consecuencia de esta colonización inglesa, todavía una parte importante de la población del Caribe habla inglés e incluso llama “españoles” a los habitantes del resto de Nicaragua.

 

 

GRUPOS POLITICOS

En el siglo XIX en Nicaragua esta marcado por la gran rivalidad y el gran numero de conflictos que existió entre los 2 grupos políticos fuertes de Nicaragua como ser los liberales y los conservadores. Los liberales tenían su asiento en la culta ciudad de León (sede de la Universidad de igual nombre), mientras los conservadores hacían de Granada su feudo económico y comercial. Esta rivalidad alcanzo su gran auge cuando surgió la oportunidad de construir un canal interoceánico. Esto abrió los apetitos no solo de los partidos políticos sino también de las potencias europeas.

En 1848 los ingleses se apoderaron de la ciudad de San Juan del Norte, en la costa atlántica con el fin de controlar la salida al Caribe del río San Juan y ejercer un protectorado sobre la Costa de los Misquitos.                                                 

INVASIONES

En 1855 un aventurero llamado William Walker fue llamado por  los liberales de León para participar en su guerra contra los conservadores. Walker llegó a Nicaragua con 56 mercenarios (conocidos como “filibusteros”) y al poco tiempo se había apoderado del país y se había hecho nombrar presidente. En el transcurso de la guerra Granada fue arrasada, se instituyó la esclavitud (con la idea de incorporar Nicaragua a los Estados Unidos como un estado esclavista más) y se declaró el inglés como idioma oficial de Nicaragua. Al llamado de Walker acudieron muchos aventureros y mercenarios, engañados por la perspectiva de un enriquecimiento rápido. Las potencias de América Central reaccionaron y en 1857 Walker fue derrotado. Una nueva expedición de Walker en 1860 fracasó y Walker fue ajusticiado por los hondureños. Los ingleses instituyeron un auténtico protectorado en la costa del Pacífico. Un presidente liberal, José Santos Zelaya, llegó al poder en 1893. Este presidente recuperó la costa del Pacífico para el país; Sin embargo, pronto chocó con los intereses norteamericanos que organizaron en 1909 una trama para derrocarlo del país.

Los marines norteamericanos invadieron el país y en los años siguientes la política nicaragüense fue dirigida completamente por el “gran hermano del Norte”. Estos marines permanecieron en Nicaragua hasta 1925, pero tras su marcha de nuevo volvieron los conflictos y los marines regresaron en 1927.

En los siguientes años los liberales quisieron llegar a un acuerdo llamado el pacto del Espino Negro en el cual se repartirían el poder y el único que se opuso fue un obrero líder liberal llamado Augusto Cesar Sandino de hay comenzó la lucha sandinista que luego se retomo a través de FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional).

QUIEN ERA SANDINO

El General Augusto C. Sandino era un humilde obrero que llego a trabajar en las plantaciones de banano y caña de azúcar de Honduras y Guatemala y en las empresas petrolíferas de México. Con algunos ahorros producto de su trabajo volvió a Nicaragua y compró armas para intervenir en el conflicto interno entre liberales y conservadores. Sandino no aceptó nunca el “pacto del Espino Negro”  (llamado asi por haberse propuesto debajo de un árbol de este nombre) y mantuvo una lucha sin cuartel para liberar Nicaragua de los marines norteamericanos. Su “pequeño ejército loco” mantuvo en jaque durante varios años a las tropas americanas y finalmente fue necesario que éstas se retiraran y dejaran en su lugar a un cuerpo recién formado (la Guardia Nacional) para que se pudiese llegar a un acuerdo.

LA REVOLUCION SANDINISTA

La revolución sandinista tradujo en esencia el clamor de un pueblo reprimido, agobiado, destrozado, deseoso de resurgir dentro de un parámetro de pobreza, dolor y casi sin esperanza, en donde los recursos económicos o de cualquier índole estaban ya destinados para un sector de apellido Somoza y de carácter militar con el sobrenombre de Guardia Nacional acobijados por el manto de gran defensor de la democracia ´´El Mentiroso del Norte“ sobre todo en cuanto a los derechos civiles.

La dinastía Somoza representada por Anastasio Somoza García, jefe de la Guardia Nacional de Nicaragua, asesino de Sandino, llego a la presidencia en 1937 para someter al pueblo, quitarle sus bienes hasta el punto en donde en cierta ocasión se le pregunto si tenia varias fincas y el contesto que solo tenia una llamada Nicaragua.

Sus dos hijos le sucedieron en el poder hasta que un día el pueblo se levanto en armas cansado de la pobreza, hambre que había en el país así como de las reiteradas violaciones a los derechos humanos a quienes se oponían a ellos en la forma como se repartía los bienes o como no se le permitía al pueblo trabajar lo suyo propio.  

Fue hasta el 19 de Julio de 1979 que este imperio decayó en las fauces de su propio cause y no mas injusticia proclamo la revolución Sandinista.

LOGROS Y TRIUNFOS DE LA REVOLUCION SANDINISTA

El mayor logro de Nicaragua con la revolución sandinista esta todavía en deuda pues no duro mucho tiempo hasta que la misma revolución que quito un dictador pusiera otro en el poder. No todo es malo en el estandarte de la revolución Sandinista  y dentro de los puntos más destacados que puedo mencionar son:

1.- El comienzo de una nueva nación libre aunque fuera por poco tiempo.

2.- Una enorme campaña de alfabetización que reduce los índices de esta en este hermano país

3.- repartición de tierras en cooperativas formadas por grupos de campesinos que al final regresaron a sus dueños con la presidencia de Violeta de Chamorro

4.- La estructuración, y surgimiento de un nuevo estado libre durante algunos años aunque, en la actualidad funcionan como tal.

 

CONCLUSION

Es triste al ver los videos el fervor y el amor con que los Nicaragüenses pelearon por su revolución evocando a su gran héroe Sandino y sus ideales de no dejarse dominar pero es mas doloroso y triste el ver como una buena causa llevo al poder a otro dictador igual o a lo mejor peor.

      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL

INTRODUCCION

Solo una idea curso por la mente de todo el mundo después de la Segunda Guerra Mundial; de hecho se llegó a pensar que el fascismo y las dictaduras se habían derrotado y empezaba una nueva era mundial de paz y prosperidad para todos los pueblos del planeta. Muy pronto esta esperanza fue enterrada, abolida  y se dio inicio a una guerra, la llamada guerra fría entre las dos potencias militares económicas emergentes con sus determinados sustentos políticos económicos e ideológicos: el liberalismo contra el socialismo; la democracia contra el comunismo; el capitalismo de algunos contra el marxismo de todos.

La política de desarrollo armamentista acompañada de la repartición del mundo en zonas de influencia conllevó a que el continente americano, entre otras regiones del planeta, se convirtiese en algo así como el patio trasero de los EE.UU de América. Ya en los años de los 50 en Guatemala y más intensamente después del triunfo de la revolución Cubana dirigida por Fidel Castro se desarrollo, solo con el fin de proteger los intereses nacionales del gobierno de los EE.UU y de sus empresas, la Doctrina de la Seguridad Nacional.

La doctrina de Seguridad Nacional postula la “guerra total contra el comunismo”. Representa en esencia la ideología de dominación militar de los Estados Unidos sobre los llamados países tercermundistas. Ella identifica al “enemigo interno” como pudieran ser el partido comunista, partidos de oposición de izquierda, movimientos insurgentes, sindicalistas, movimientos sociales, campesinos, indígenas capaces de alterar su esquema de control social etc.

CONCEPTO

Uno de los conceptos más claros de la Doctrina de Seguridad Nacional es el siguiente:

La Doctrina de la Seguridad Nacional es un concepto utilizado para definir ciertas acciones de política exterior de Estados Unidos tendientes a que las fuerzas armadas de los países latinoamericanos modificaran su misión para dedicarse con exclusividad a garantizar el orden interno, con el fin de combatir aquellas ideologías, organizaciones o movimientos que, dentro de cada país, pudieran favorecer o apoyar al comunismo en el contexto de la Guerra Fría, legitimando la toma del poder por parte de las fuerzas armadas y la violación sistemática de los derechos humanos.[]

 

 

 

CARACTERISTICAS

´´En los últimos años se afianza en nuestro continente la llamada «Doctrina de la Seguridad Nacional», que es, de hecho, más una ideología que una doctrina. Está vinculada a un determinado modelo económico-político, de características elitistas y verticalistas que suprime la participación amplia del pueblo en las decisiones políticas. Pretende incluso justificarse en ciertos países de América Latina como doctrina defensora de la civilización occidental cristiana. Desarrolla un sistema represivo, en concordancia con su concepto de «guerra permanente». En algunos casos expresa una clara intencionalidad de protagonismo geopolítico“.
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EJEMPLOS DEL USO DE LA DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL

El 13 de diciembre de 1983, en Argentina, a sólo tres días de ser recuperada la democracia, el presidente Raúl Alfonsín dictó el Decreto 158/83 por el que se ordena enjuiciar a los integrantes de la junta militar que había usurpado el poder el 24 de marzo de 1976 y a los integrantes de las dos juntas militares subsiguientes. En sus considerandos el decreto sostiene: que entre los años 1976 y 1979 aproximadamente, miles de personas fueron privadas ilegalmente de su libertad, torturadas y muertas como resultado de la aplicación de esos procedimientos de lucha inspirados en la totalitaria «doctrina de la seguridad nacional».

El 28 de marzo de 1985, en Brasil, el presidente José Sarney envió al Congreso Nacional el proyecto para dar fin a los llamados municipios de seguridad nacional, más de 200 municipios en todo el país en los que el gobierno militar había suprimido el derecho de sus habitantes para elegir a los prefectos, por determinación de la Doctrina de la Seguridad Nacional.[]

El 1 de junio de 2004, Yago Pico de Coaña de Valicourt, representante de España ante la UNESCO, escribió un artículo titulado “El valor de los principios en la Comunidad Iberoamericana”, publicado en la revista Cuadernos Estratégicos del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE) del Ministerio de Defensa de España. En dicho artículo Pico se refirió al fin de la bipolaridad mundial impuesta por la Guerra Fría y su efecto sobre la Doctrina de la Seguridad Nacional, en los siguientes términos:

´´El fin de la bipolaridad y de la doctrina de la Seguridad Nacional. El fin de la bipolaridad va a permitir que la Conferencia de los No Alineados pierda peso, se anule la nefasta doctrina de la Seguridad Nacional, Estados Unidos olvide en parte los recelos que le inspiraba su patio trasero y apoye decididamente el retorno a la democracia“.

Yago Pico de Coaña de Valicourt, representante de España ante la UNESCO.[10]

También en 2004 el Ministro de Defensa de Brasil, José Viegas, hizo mención de la Doctrina de la Seguridad Nacional en su nota de renuncia al cargo:

´´La persistencia de un pensamiento autoritario, ligado a los remanentes de la vieja y anacrónica doctrina de la seguridad nacional, incompatible con la vigencia plena de la democracia y con el desarrollo del Brasil del siglo 21. Ya es hora de que los representantes de ese pensamiento superado salgan de escena“.

El 2 de octubre de 2006, José Miguel Insulza, Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) hizo referencia a la Doctrina de la Seguridad Nacional en los siguientes términos:

´´Ciertamente, debemos dar prioridad a los problemas sociales y económicos que afectan a nuestros pueblos, que están en la base de muchos problemas de seguridad. Pero, decir que estas materias amenazan nuestra seguridad es un uso que además de amplio e indebido, arriesga llevarnos a reediciones de la Doctrina de Seguridad Nacional que tantos daños causó a la democracia en las últimas décadas del siglo pasado, sirviendo para justificar las peores dictaduras que recuerda nuestra historia“.

El 14 de junio de 2007 el presidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez, al asumir la Presidencia de la Comunidad Andina (CAN) se refirió a la necesidad de distinguir la Doctrina de la Seguridad Nacional de una política de defensa democrática, con las siguientes palabras:

´´Nuestra política de Seguridad es democrática. Cuando reivindicamos el calificativo de democrática para esa política, es porque hemos hecho todo el esfuerzo para distinguirla en la práctica de la doctrina de la Seguridad Nacional, de ingrata recordación“.

IMPLEMENTACION DE LA DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL EN HONDURAS

Durante la Guerra Fría la seguridad interna en América Latina se asimiló en base a la llamada Doctrina de Seguridad Nacional que se impuso sin distingos tanto en países democráticos como en dictaduras bajo la forma de una política represiva anticomunista liderada en el hemisferio por el gobierno de los Estados Unidos.

Nuestro país no fue la excepción; ni en la implementación, ni en sus efectos, ni en sus acciones, ni mucho menos en sus objetivos. Esta demás entender que nunca fuimos ni quisimos ser la diferencia pues al ver la crisis delos desaparecidos de la década de los 70 y 80 del siglo pasado, Y que decir del 28 de junio de 2009 día en que el pueblo hondureño paso a la historia, paso a la posteridad, paso a ser parte de los países esclavos de la opinión de unos y la poca participación de otros. Es ahora uno de los gloriosos países en unos pocos piensan por todos; en donde el sucio ideal de un grupo que no da la cara sino que usa a los defensores de la democracia al resguardar una constitución mas violada y maltratada que su propia conciencia.

Somos ahora el mayor de los peores ejemplos; la mas amplia enciclopedia de conceptos torcidos que llevan a una buena implementación de la DOCTRINA DE SEGURIDAD NACIONAL. Los golpes de estado están  escusados con la muerte al comunismo, socialismo o cualquier otro ismo que la humanidad se halla inventado para igualar o superar la establecida ´´democracia“ de un país abatido por la pobreza de muchos pero; la riqueza desmedida no clara de algunos que respiran un pasado muy poco hondureño.

Me pregunto a manera de conclusión ¿Cuál es la diferencia entre la doctrina de seguridad nacional y estado de derecho que se ha rescatado?, ¿Hemos mejorado pero hacia el pasado o hemos avanzado hacia la democracia  que en una primicia no bien madura pero pura y verdadera busco implementar la revolución francesa? ¿A caso, triunfo el pueblo hondureño ´´EL SOBERANO“ o, triunfo la Doctrina de Seguridad Nacional? ¿Hay alguna diferencia entre las características de la doctrina de seguridad nacional que no distinguía nada y la democracia del pueblo hondureño ´´representada por el congreso nacional“?   

 

CITAS DE INTERNET PARA LOS 2 TRABAJOS

http://books.google.hn/books?id=Txxficu40R8C&pg=PA31&lpg=PA31&dq=Aplicaci%C3%B3n+de+la+Doctrina+de+la+Seguridad+Nacional&source=bl&ots=MKIGbxYkr1&sig=sNckfrhXED0eELmF0S1o24BxgLw&hl=es&ei=OkBISv3ZIsSvtwevvcCMCg&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2

http://www.nodo50.org/espanica/histonica.html

http://wapedia.mobi/es/Doctrina_de_seguridad_nacional

http://www.scribd.com/doc/6647013/Doctrina-de-La-Seguridad-Nacional

http://wapedia.mobi/es/Doctrina_de_seguridad_nacional

http://es.wikipedia.org/wiki/Doctrina_de_seguridad_nacional

http://www.polodemocratico.net/La-superacion-de-la-Doctrina-de

http://www.nodo50.org/espanica/histonica.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Frente_Sandinista_de_Liberaci%C3%B3n_Nacional

http://es.wikipedia.org/wiki/Sandinista

 

VIDEOS DE LA REVOLUCION SANDINISTA

Revolución Sandinista Julio de 1979 (triunfo del FSLN)

http://www.youtube.com/watch?v=tP4zpKRHIRA&eurl=http%3A%2F%2Fvideo%2Egoogle%2Ecom%2Fvideosearch%3Fhl%3Des%26q%3Dtriunfo%2Bde%2Bla%2Brevolucion%2Bsandinista%26lr%3D%26rlz%3D1R2RNTN%5FesHN333%26um%3D1%26ie%3DUTF%2D8%26ei%3DKO5GSs7&feature=player_embedded

revolucion in Nicaragua

http://www.youtube.com/watch?v=7rGsIxBu_mo&eurl=http%3A%2F%2Fvideo%2Egoogle%2Ecom%2Fvideosearch%3Fhl%3Des%26q%3Dtriunfo%2Bde%2Bla%2Brevolucion%2Bsandinista%26lr%3D%26rlz%3D1R2RNTN%5FesHN333%26um%3D1%26ie%3DUTF%2D8%26ei%3DKO5GSs7&feature=player_embedded

What Happened To The Revolution – Nicaragua

http://www.youtube.com/watch?v=owebueVCAlQ&feature=fvw

Ofensiva final (1)

http://www.youtube.com/watch?v=lv0vR4qM6VU&feature=related

 

 

 

Tomado de: A beneficio de inventario

Ediciones Alfaguara

 

Si de todas las historias grabadas por la memoria humana, ha sido la de Roma la que hizo pensar a más filósofos, soñar a más poetas y declamar a más moralistas, se debe en parte al genio de un reducido número de historiadores romanos (más un par de historiadores griegos) que contribuyeron poderosamente a prolongar hasta nuestros días el recuerdo y el prestigio de Roma. Y si César sigue representando para nosotros –pese a todas las muertes violentas perpetradas a políticos de entonces acá- la imagen por excelencia del dictador asesinado, es por obra de Plutarco, que nos muestra a los conjurados en el Senado abalanzándose sobre el divino Julio. Por causa de Tácito, Tiberio figura siempre como el prototipo del tirano misántropo y Nerón como el del artista fracasado. Y dado que la obra biográfica de Suetonio nos habla de los doce emperadores, las estanterías de nuestras bibliotecas y las fachadas de los palacios renacentistas se ven casi obligatoriamente coronadas con los doce bustos de los Césares. Pero estos grandes historiadores (varios de los cuales fueron primero y sobre todo grandes estilistas) florecieron todos –para emplear esta expresión- durante los siglos que van de la juventud de César a la madurez de Adriano. El insulso Domiciano, con quien cierra Suetonio la lista de los doce Césares, es el último emperador romano que goza de un gran retratista. Después de él y durante los trescientos cincuenta y pico años que aún transcurrieron hasta la caída de Roma, apenas poseemos más que unos cuantos testigos mediocres, no sólo ambiguos (siempre lo son), sino crédulos, convencionales, confusos, a menudo exageradamente frívolos o supersticiosos a ultranza, que trabajan abiertamente con fines propagandísticos y que reflejan en su cerebro y en su lenguaje el final de una cultura; no obstante, resultan apasionantes ya que su misma mediocridad les confiere una suerte de veracidad, los convierte en intérpretes cualificados de un mundo que desaparece. La Historia Augusta, libro en donde seis historiógrafos reunieron uno tras otro veintiocho retratos de emperadores, sin contar los de algunos pretendientes al trono y de unos cuantos Césares (título que aquí significa presunto heredero) que murieron muy jóvenes, ofrece de estos trescientos cincuenta años un período de vida de algo menos de dos siglos. La obra comienza con Adriano y sus sucesores inmediatos Antonio y Marco Aurelio, es decir, con los mejores tiempos de la paz romana, en el apogeo de un mundo que ignoraba estar tan cerca de su fin. Se termina con el oscuro Carino, a una hora entre dos luces, a finales del siglo III. El nombre mismo y la existencia de los cinco principales autores (Espartiano, Capitolino, Lampridio, Polion y Vopisco) son hoy materia de controversia, y las fechas que se les asignan van –al capricho de eruditos y especialistas- de mediados del siglo II a finales del IV. Buena parte del libro recopila o fusila biografías anteriores perdidas; también él ha sido abundantemente interpolado a su vez. Al igual que tantas obras antiguas, ha llegado hasta nosotros a través de escasas e incompletas copias sujetas a error, las únicas en salvarlo del olvido. Y sin embargo, los modernos historiadores de la Antigüedad no pueden ignorar la Historia Augusta; aquellos mismos que le niegan todo valor se ven obligados a utilizarla. Los documentos que nos quedan de los siglos II y III son escasos y pobres y, por lo tanto, unánimemente en ese texto inseguro –y aunque eminentes eruditos hayan sospechado que se trata de una impostura casi total- podemos buscar, a falta de otro mejor, la poca verdad que contiene. La autenticidad es una cosa, la veracidad es otra. Cualquiera que sea la fecha –que va desde el año 284, como muy pronto, hasta el 395, como muy tarde- en que podamos situar la Historia Augusta, la pregunta que nos planteamos es la de si podemos concederle algún crédito. Este varía, naturalmente, de redactor a redactor y de página a página. La misma verosimilitud no siempre es para el lector un criterio decisivo, que la noción de lo plausible en materia histórica depende de las costumbres, prejuicios e ignorancias de cada época. Así, por ejemplo los eruditos del siglo XVII, impregnados de tradición cristiana, aceptaban de buen grado cualquier negro retrato de los emperadores paganos, considerados en bloque como infames perseguidores de la Iglesia naciente; más tarde, por reacción, la implícita confianza en la naturaleza humana de los letrados del XVIII y, más tarde aún, la afectada gazmoñería de algunos historiadores del XIX –su curioso respeto por la gente en el poder, aun cuando hubieran muerto hace mil ochocientos años-, o simplemente la falta de experiencia de la vida de aquellos hombres de gabinete, les hicieron a menudo proclamar imposibles o improbables una serie de hechos que un lector más acostumbrado a mirar la realidad de frente no vacila en juzgar plausibles o en creer verdaderos. Las atrocidades que hemos presenciado en pleno siglo XX nos han enseñado a leer con menos escepticismo el relato de los crímenes cometidos por ciertos emperadores de la Decadencia; y en lo referente a la historia de las costumbre, ya La Rochefoucauld escribía que los libertinajes de Heliogábalo nos sorprendería menos si conociéramos mejor la historia secreta de nuestros contemporáneos. En algunos casos, la veracidad de la Historia Augusta ha sido corroborada por otros testimonios de la época. En otros y con singular frecuencia, los trabajos de los historiadores modernos han venido a confirmarla con posterioridad. Las reformas económicas y administrativas que hizo Adriano se han visto ratificadas por muchos textos epigráficos y no es posible creer que Espartiano, o el biógrafo que ostenta ese nombre, se contentara, como dicen, con ofrecer del reinado de este emperador un cuadro fantástico, copiado de la edificante imagen ofrecida por el gobernó Augusto. Las innumerables estatuas y medallas de Antínoo que se han encontrado desde el Renacimiento hasta nuestros días, han confirmado con creces la breve mención que el mismo Espartiano hizo del tremendo dolor que sintió Adriano al morir su favorito, y de los honores divinos rendidos a su memoria, que sin esto hubieran podido pasar por una de esas noticias escandalosas que se introducen en la biografía de un príncipe prudente. La historia de Heliogábalo escrita por Lampridio parece un cuento de la Mil y Una Noches, pero hoy día nos resulta menos absurda que antaño, ya que poseemos un conocimiento más exacto de los cultos y costumbre orientales; percibimos el sentido de aquello contra lo cual puede despotricar el cronista por no haberlo entendido. En suma y a pesar de la larga lista de documentos fabricados, de asertos ineptos y de confusiones en nombres, fechas y acontecimientos que pueda haber en ella, no suele ser en el enunciado de los mismos sino en su interpretación, en donde a menudo florecen, en la Historia Augusta, errores y mentiras. De diez veces nueve la mentira suele hallarse dictada, como es natural, por el odio partidista o por la lisonja al príncipe en el poder. La semblanza de Galiano no es más que un panfleto inspirado por el rencor senatorial; la de Claudio el Gótico contiene aproximadamente la misma verdad que un discurso electoral en nuestros días o que una oración fúnebre del siglo XVII, y si bien es cierto que ese odio y esa adulación desvirtúan sobre todo la biografía de los príncipes contemporáneos de sus biógrafos, también los emperadores situados más atrás en el tiempo se ven ennegrecidos o blanqueados en concordancia con las directivas políticas del cronista y las del presente augusto. Cómodo fue, seguramente, un príncipe aborrecible, pero su vida –escrita por Lampridio- es un furioso informe post-mortem que termina por inculcar deseos al lector de ponerse de lado de aquel bruto arrastrado a las Gemonías . Los historiadores apoyan casi todos a ese grupo plutocrático en que se había convertido el Senado: los mejores emperadores, si es que habían cortado por lo sano algunas sinecuras senatoriales, se veían vilipendiados; los peores, exaltados cuando procedía de las filas senatoriales o si el Senado estaba a su favor. Más no hay que pedirles demasiada consistencia a los biógrafos de la Historia Augusta. Aún más que a sus prejuicios, sus errores parecen deberse a la estupidez de recoger, sin ningún espíritu de crítica, cualquier cotilleo que se les presentara y también al conformismo con que aceptaron, sin pestañear, cualquier versión oficial. Sus errores se deben asimismo –sobre todo en la primera parte del volumen- al desfase en el tiempo. En efecto, hasta en la hipótesis más favorable los biógrafos de la Historia Augusta se hallan separados de sus grandes modelos los Antoninos por una distancia de cuatro o cinco cuartos de siglo. Bien es cierto que no es la primera vez que un historiador antiguo se halla tan alejado en el tiempo, o incluso más, del personaje que pretende describir. Pero el mundo antiguo, en la época de Plutarco, era aún lo bastante homogéneo como para que el biógrafo griego pudiera erigir, con casi cincuenta años de distancia, una imagen de César poco más o menos de la misma materia que el propio César. Por la época en que fue recopilado el libro de la Historia Augusta, el mundo ha cambiado, por el contrario, hasta tal punto, que el modo de vida y el pensamiento de los grandes Antoninos resultaban casi impenetrables para unos biógrafos ya de camino hacia el Bajo Imperio. Un poco más cercanos en el tiempo. Un poco más cercanos en el tiempo, pero más exóticos, antes deformados por la fantasía popular, los príncipes de la dinastía siria desaparecen aún más bajo un bosque de leyendas. Las probabilidades de error debidas al retroceso en el tiempo van disminuyendo después progresivamente con los Augustos, que se devoraron unos a otros en lo que quedaba del siglo III, pero modelos y pintores se hunden entonces igualmente en ese magma de confusión, de violencia y de mentira que es el de los tiempos en crisis. De una punta a la otra de la Historia Augusta, todo acaece como si un número reducido de intelectuales de hoy, más o menos bien informados pero mediocres y no muy escrupulosos, nos relatasen primero la historia de Napoleón o la de Luis XVIII ayudándose de una mezcla de notas auténticas y de notas prefabricadas, anacrónicamente teñidas por las pasiones de nuestra propia época; y luego, pasando a unos personajes y a unos acontecimientos más recientes, nos ofrecieran sobre Jaurès, Pétain, Hitler o De Gaulle, un montón de habladurías sin valor junto con unas cuantas informaciones útiles, más una avalancha de literatura propagandística y las revelaciones sensacionalistas de los periódicos de la tarde. El mayor defecto de su constante insulsez consiste en que los biógrafos de Historia Augusta nunca nos revelan al hombre en su profundidad o en su cumbre, lo cual es grave cuando el hombre de quien se trata tuvo esa profundidad o alcanzó esa cumbre; y lo que es más grave aún: no nos percatamos de esa carencia a no ser que otros documentos de la época nos informen de que el hombre así simplificado, reducido o aumentado, era grande. Espartiano nos mostró muy bien que Adriano fue un hábil administrador, fuertemente pragmático, cosa que han ignorado los que se complacían en convertirlo en una especie de esteta; también supo ver ciertos aspectos caprichosos e irritantes de este hombre complejo, pero en cambio todo lo referente al letrado que fue Adriano, al aficionado al arte, al viajero, al hombre dotado de una curiosidad universal, nos llega deformado por supersticiones de otra época, o por una mediocridad de espíritu que pertenece a todas los tiempos. Adriano, como tantos otros contemporáneos suyos, seguramente se interesó por la adivinación de los astros, pero cuando Espartiano nos muestra al emperador astrólogo anotando el 1º de enero lo que iba a suceder día tras día durante el año, nos sumerge anticipadamente en el mundo de necia credulidad de los peores cronistas de la Edad Media. Los gustos literarios de Adriano son comentados con literalismo de periodista ignorante, y hasta el hombre de Estado –inspirado en sus innovaciones y reformas por un ideal humanístico que el biógrafo no comparte- tampoco parece ser mejor comprendido. El piadoso Antonino se transforma, en manos de Capitolino, en un personaje de hagiografía popular, en el héroe impecable de una especie de novelita rosa imperial. Si no tuviéramos los Pensamientos, jamás adivinaríamos las cualidades únicas del melancólico Marco-Aurelio al leer el convencional retrato que ese mismo Capitolino nos hace del buen emperador y débil marido de Faustina. La mediocridad, que impide a los biógrafos alcanzar el nivel de los últimos representantes de la gran cultura grecorromana, también les perjudica cuando se trata de evaluar a los singulares personajes de la dinastía siria, y hasta de dar su justo peso a los pocos grandes jefes militares de finales del siglo III. El incesto de Julia Domna con su hijo Caracalla (que el historiador, además, confunde con su yerno) recuerda demasiado la aventura de Nerón y Agripina para que no sospechemos del afán de Espartiano por imitar a los grandes modelos. Tras los vagos insultos de Lampridio a Julia Soemias y las vagas alabanzas a Julia Mamaea, no se trasluce casi nada del carácter peculiar de estas mujeres sirias frívolas, liosas, ambiciosas, pero también devotas, cultas, protectoras de las artes, que veneraban a Apolonio de Tiana o llamaban a Orígenes a su corte; y al quitarle toda motivación ritual a las intemperancias de Heliogábalo, el Eliacino voluptuoso del templo de Emesa aparece en la Historia Augusta únicamente como el protagonista demente de una serie de anécdotas obscenas. No es sólo el odio político lo que convierte el retrato de Galiano en una burda caricatura: este hombre culto, adicto a la causa de la tolerancia religiosa, amigo y protector del gran Plotino y que conserva refinamientos de otras épocas durante los años de anarquía, parece haber sido más desconocido aún –si es posible- que calumniado por su mediocre pintor. El mismo áspero Aureliano, el rudo promotor del culto al Sol Invencible, tal vez estuviera hecho de materia menos simple de lo que puede hacernos creer el escueto esbozo que de él traza Vopisco. Más característicamente aún, estos biógrafos tan poco preocupados por la verdadera fisonomía de los seres, tan diligentes en fundir sus a sus héroes dentro de los moldes convencionales del príncipe bueno o malo, son todavía más miopes en presencia de los grandes acontecimientos secretos que acabaron influyendo sobre la historia más que todas las revoluciones de palacio en el Palatino. Leyéndolos, sería imposible adivinar que durante esos aproximadamente doscientos años, la marea cristiana iba invadiendo calladamente las almas y que, en el momento en que se interrumpe oficialmente la redacción del volumen, se halla muy cerca el instante en que Constantino asegure el triunfo en materia temporal del Cristianismo, encauzándolo como religión de Estado. Si Como creen ciertos eruditos, la redacción de la Historia Augusta fue aún más tardía de lo que se supone, esa incapacidad para tener en cuenta la revolución cristiana resulta aún más chocante y típica de cierto comportamiento humano. Estos biógrafos conservadores y paganos lo ignoran casi todo del orden que reverencian, y quieren ignorarlo todo del nuevo orden que se les impone a su pesar, y al que combaten mediante la política del silencio, sin pronunciar casi nunca su nombre. Más aún, a pesar de una larga serie de desastres –juzgados siempre fortuitos o prudentemente endosados a cuenta de las locuras o crímenes de algún Augusto o de algún pretendiente fallecido ya, pero nunca imputados a los vicios redhibitorios del mismo Estado-, a pesar de la confusión económica del Imperio, de la inflación creciente, de la anarquía militar en el interior del país y de la presión cada vez más fuerte que ejercen los bárbaros en las fronteras, estos historiadores no parecen darse cuenta de que se aproximaba el gran acontecimiento cuya sombre proyectada planea, sin embargo, sobre toda la Historia Augusta: la muerte de Roma. Y, no obstante, a pesar de su rústica mediocridad o tal vez debido a ella, la Historia Augusta es de una lectura apasionante; nos entusiasma tanto –y a veces más- como la obra de historiadores más dignos de confianza y de admiración. Un tremendo olor a humanidad asciende de ese libro: el hecho mismo de que ningún escritor de poderosa personalidad lo haya marcado con su sello nos deja frente a la vida misma, con ese caos de informes y violentos episodios de los que emanan, es cierto, algunas leyes generales, pero unas leyes que, precisamente, permanecen siempre invisibles para los actores y testigos. El historiógrafo oscila con la temperatura de las multitudes, comparte tan pronto su hastiada con su histeria. En el libro encontramos lo que se murmuraba sobre los adulterios de Faustina o las borracheras que cogía Vero al extremo de la mesa de Marco Aurelio, y lo que susurraba, entre sesión y sesión, un patricio del siglo III a favor del hombre de orden que acaba de comprar a un precio de oro los votos del Senado. Ningún libro reflejó tan bien como esta opaca y apasionante obra las opiniones del hombre de la calle y de la antesala sobre el transcurrir de la historia. Encontramos en él la opinión al estado puro, es decir, impuro. De cuando en cuando, los detalles alcanzan tal precisión que basta para darles autenticidad: vemos los andares danzarines, afeminados de Heliogábalo; oímos su risa ruidosa de niño mal criado que tapaba, en el teatro, la voz de los actores. Asistimos al asesinato de Caracalla, a quien mataron sus guardias en el momento en que se bajaba del caballo para orinar a orillas de la carretera. Las dos breves biografías dedicadas a esa dinastía de <>: Aelio César y su hijo Vero, transmiten con inefable futilidad dos aspectos levemente diferentes del hombre de moda tal como era en la Roma de los años 130 a 180 de nuestra era; si añadimos las pocas líneas de la biografía de Adriano concernientes a Aelio César, nos daremos cuenta que Espartiano, o el anónimo a quien Espartiano sirvió de testaferro, esbozó allí por dos veces lo equivalente a un gran retrato balzaciano, el prestigioso dibujo de Rastignac o de un Rubempré del siglo II. Incuso en ocasiones, asciende cierta poesía de esa masa de apagados detalle, al igual que el vaho de la tierra desnuda. Las lúgubres imprecaciones de los Senadores ante el cadáver de Cómodo poseen la grandeza trágica de una escena de masas en Shakespeare; una extraña belleza se desprende algunas frases sin arte con las que Espartiano nos describe, la víspera de morir Septimio Severo, a este emperador ofreciendo un sacrificio en el templo de Belona, en la pequeña ciudad que es Carlisle, en Cumberland, al extremo oeste del Muro de Adriano. El rústico victimario, no muy al corriente de los usos romanos. Se había procurado una pareja bueyes negros como víctimas, animales de mal augurio que el emperador se negó a sacrificar y que, cuando los soltaron los servidores del templo, lo siguieron después hasta el umbral de su puerta, añadiendo así un presagio de muerte a otro presagio de muerte. Un pedacito de la de la vida diaria del imperio, de la campiña eterna, nos ha sido así revelado por lo que, en Espartiano, no es más que un rasgo supersticioso: esas pocas palabras han bastado para hacernos evocar un frío y lluvioso mes de febrero en la frontera de Escocia; al emperador vestido con atavíos militares, con su tez africana empalidecida por la enfermedad y el clima norteño; a los dos apacibles animales, producto y emblema de la misma tierra, que escapan sin saberlo a la necedad sangrienta del sacrificio, ignorándolo todo de aquel mundo humano y de aquel extranjero a quien auguraban la muerte, merodeando al azar por las callejuelas llenas de barro, en aquella ciudad pequeña donde se aljaba la guarnición antes de regresar a sus salvajes colinas. Pero esa poesía, somos nosotros quienes la vemos, al igual que también encontramos, en la mención que se hace del joven y rubio bárbaro Maximino, destacándose insolentemente del grueso de la tropa un día de revista, y caracoleando ante los ojos del emperador, una escena al estilo de Tolstoï, con olor a sudor y a correajes, un ruido de cascos pisoteando la tierra en una mañana de hará dieciséis siglos. Y también somos nosotros quienes convertimos la descripción más o menos fabulosa de la Torre del Suicidio construida por Heliogábalo, con sus puñales de oro, sus venenos dentro de unos pomos labrados de piedras y su adoquín de mármol para romperse el cráneo sobre él, una fantasía a la manera de Vathek de William Beckford, un curioso refinamiento de novela negra. En cada caso, es la imaginación del lector moderno la que aísla y separa de este enorme fárrago de sucesos más o menos controvertidos, la gotita de poesía o, lo que viene a ser lo mismo, la parcela de intensa e inmediata realidad. Las obras de arte y los monumentos de la época constituyen quizá el mejor comentario de la Historia Augusta. Los bustos primero, que confirman o, en ocasiones, contradicen, esas biografías imperiales: el rostro a un tiempo juicioso y pensativo de Adriano, su boca nerviosa, sus facciones pronto hinchadas por los estragos de la hidropesía; las cabezas bien peinadas de Aelio y de su hijo; la mandíbula estrecha, el perfil seco y limpio de Antonino el Piadoso; el benigno Marco Aurelio de la plaza del Capitolio, que recuerda bastante al de la Historia Augusta; el rostro cansado y atormentado de un Marco Aurelio envejecido, que vemos en el Museo Británico y que, por el contrario, su parece al de los Pensamientos; los ricitos grotescos de Cómodo; la faz de soldadote de Caracalla; el hociquillo astuto de Heliógábalo que, todo hay que decirlo, más responde al joven libertino de Lampridio que al descarriado místico de los aficionados a la novela histórica; las caras blandas y pensativas de las emperatrices sirias, o el semblante rugoso de los emperadores ilirios, <> que restablecieron por algún tiempo el orden en el Imperio, como lo restablece un cabo en las plazas una tarde motín. Las monedas, después: desde el comienzo hasta el fin de los ocho reinados de descritos en la Historia Augusta, los perfiles imperiales van perdiendo relieve, sus planos cuidadosamente desnivelados, que eran los de la estatuaria antigua, acaban convirtiéndose en esas imágenes planas y cada vez más temblorosas grabadas en las delgadas monedas de oro; más aún que las que las alusiones de la Historia Augusta a los edictos que prohibían el alza de los precios, más que las menciones a las leyes suntuarias o a las ventas en subasta pública de los bienes del Estado, estas monedas expresan las angustias de una economía moribunda. El arte helenizado y neo-clásico de la época de Adriano, el arte oficial y un mazacote de la época de Marco Aurelio, nos confirman las biografías de estos dos prudentes emperadores; el obelisco del Pincio corrobora en caracteres jeroglíficos la mención Espartiano de la muerte de Antínoo en Egipto; los estucos de la basílica pitagórica de la Puerta Mayor atestiguan la poética piedad pagana que no cesó de llenar las almas entre la época de Adriano y la de Alejandro Severo, tal como la evoca la descripción que nos hace Lampridio del oratorio privado de este príncipe. Los civilizados encantos de la villa de Adriano, adonde más tarde llevó Aurelio a su cautiva Zenobia, las ruinas enormes de Septizonio, donde se aglomeró la corte ya orientalizada de los Severos, el pabellón de Galiano cerca de la vía Labicana, desmedrado resto de aquellas casas imperiales con su parque, en donde crecían plantas raras, poblados de animales familiares y que ocupaban una quinta parte de la superficie de Roma, sirven para resaltar el drama mediante la melancólica supervivencia del decorado. La política de prestigio a toda costa y de placer cueste lo que cueste, el lujo insensato de juegos y paradas megalómanos se ven confirmados por los gigantescos armazones de los monumentos dedicados a las diversiones y comodidades públicas, por los Baños de Caracalla o de Diocleciano, cuyas dimensiones parecen aumentar y su ornamentación proliferar en razón del desarreglo económico del Imperio, y que sirvieron, sin duda, para hacerlo olvidar. Los atletas hinchados y microcéfalos que vemos en los mosaicos de las Termas de Caracalla son hermanos gemelos de esos gimnastas a sueldo a quienes encargaron estrangular a Cómodo y que tanto buscaba Heliogábalo; las horribles nomenclaturas de los millares de fieras capturadas en África y Asia, sometidas a los terrores y miserias de un largo viaje, sacrificadas finalmente para procurar a los espectadores cómodamente sentados una tarde de emociones fuertes, todo ese derroche bienes de este mundo, tiene por testigos no sólo al Coliseo, sino a las Arenas provinciales de Italia y de España, de África y de Gaula; el frenesí por el deporte profesional es atestiguado por los vestigios del Circo Máximo. Pero de todas las construcciones de la época, tal vez sea el Muro de Aureliano el que más trágicamente indique la enfermedad mortal de Roma, cuyas mejorías temporales seguidas de recaídas llenan la Historia Augusta. Esas murallas tan majestuosas, que son para nosotros el emblema mismo de la grandeza de Roma, fueron el producto apresurado de años de inseguridad. Cada una de sus casamatas y de sus torres de guardia proclama que la Roma abierta, segura de sí misma y bien defendida en sus fronteras, ha dejado ya de existir; útiles en lo inmediato y finalmente inútiles, como todas las medidas defensivas, nos anuncian el saqueo de Alarico anticipándose un más de un siglo. Al igual que los abusos y debilidades de la Roma del siglo III ya se discernían en la Roma floreciente del Imperio, incluso en la de la República, muchos de los defectos de la Historia Augusta son también imputables a los historiadores antiguos de la buena época; sólo mirando muy de cerca se percibe una diferencia, debida no tanto a un cambio de método como a un declive de la cultura. La misma ausencia de sistema, la misma incapacidad para fechar un incidente o un comportamiento y, por consiguiente, la misma tendencia a ofrecer, como característica del personaje, lo que a menudo no es más que una acción aislada en el transcurso de su vida; la misma mezcla de informaciones políticas serias y de anécdotas demasiado íntimas para no ser fabricadas las hallamos también en Suetonio, pero la fría perspicacia de éste, su realismo a la manera de Holbein, acaban por componer, con esos pequeños toques yuxtapuestos al azar, un retrato convincente y acaba por dar, con razón o sin ella, la impresión de un parecido palpable con el modelo; hay verdad psicológica aun cuando haya fallos desde el punto de vista de la historia. Los cronistas de la Historia Augusta pocas veces son capaces de logros de este tipo. También en todos los tiempos, los grandes biógrafos de la Antigüedad recogieron sin espíritu crítico y llegaron incluso a confeccionar de cabo a rabo un discurso o unas palabras célebres destinadas a resumir una situación o un personaje: la historia, para un Tito Livio o para un Plutarco, era tanto arte como ciencia y más que una manera de anotar unos acontecimientos, era un medio de adentrarse en el conocimiento del hombre. En cambio, las cartas y decretos fraguados o corrompidos por Vopisco y Polión son simples piezas falsas y no retratos psicológicos. Igual ocurre con el exasperante moralismo que sobrecarga la Historia Augusta; también condimenta a su gusto el relato de los hechos escritos por los más grandes historiadores de la Antigüedad, a quienes ha estropeado más de una obra maestra. Mas si Tácito, entre otros, no está libre del defecto de abrumar exageradamente a los culpables y de idealizar a los héroes virtuosos aun simplificando considerablemente el cuadro, no obstante confuso, de los asuntos humanos, parece ser que este hombre nada imparcial era, sin embargo con frecuencia justo. Su genio de gran pintor le impide caer en el cromo o en la caricatura; aun abusiva, su indignación sigue siendo la de un hombre honrado q quien inspira todavía el ideal cívico de la Antigüedad. Espartiano, y más aún sus cinco colegas, pertenecen en cambio a una época en que se ha eclipsado esa tradición de las virtudes cívicas y hasta el recuerdo de una moral de hombre libre. Sus furibundas declamaciones contra el lujo o la corrupción de las costumbres (con frecuencia unidas a la afición por el detalle obsceno) son extraídas del trivial repertorio de retóricos y sofistas de la época. A esta moral intemperante, que mete en el mismo saco el crimen de comer frutas y verduras tempranas o de orinar en orinal de plata y el asesinato político o fratricida, se superpone, naturalmente, la más completa indiferencia ante las verdaderas taras de la época: la apatía de las multitudes, el universal servilismo a los amos del día, la persecución espasmódica pero feroz de las minorías cristianas, el derroche de los juegos, la inepta y nebulosa superstición, la miseria pomposa de una cultura que sólo consiste en repeticiones escolares, todo lo que ya denunciaban algunas mentes lúcidas y que los historiadores cristianos –igualmente ciegos, es cierto, ante las taras de su propio tiempo- aprovecharían para sus invectivas futuras. Poco a poco, la mirada aprende a reconocer dentro de ese caos constituido por series de hechos semejantes, por recurrencias de acontecimientos, no precisamente un plano, sino unos esquemas, por recurrencias de acontecimientos, no precisamente un plano, sino unos esquemas. En el siglo II, dos emperadores nacidos en Andalucía, de los cuales al menos uno pertenecía por su mentalidad a Grecia tanto como a Roma, proporcionaron casi un siglo de descanso a la humanidad. Esta ampliación del área de origen de los emperadores prosigue hasta el siglo III; un púnico, Septimio Severo, sucede a los Antoninos; Unos sirios suceden al púnico; un árabe, Felipe, preside en el año 248 las ceremonias del milenario de Roma; unos alirios, ascendidos a emperadores desde soldados rasos y que apenas conocía Roma más que su disciplina militar, restablecen temporalmente el principio de autoridad en un mundo entregado a la anarquía, pero sin restablecer una civilización a la que ellos mismos son ajenos. Las medidas llamadas generosas llegan demasiado tarde: se concede la ciudadanía a todos los habitantes de Roma en un momento en que esa ciudadanía deja de ser un privilegio para convertirse en una carga fiscal, y cuando Roma ya no era capaz de asimilar esas masas humanas, a las que ni siquiera podía ya gobernar. Si el área de origen de los emperadores se ha ido extendiendo, la de su muerte no parece haberse extendido menos: Marco Aurelio extenuado muere a orillas del Danubio, al pie de las empalizadas de la ciudad que un día será Viena; la enfermedad acaba con Septimio Severo en Eburaco, la York del porvenir; Caracalla es asesinado cerca de Antioquía; Alejandro Severo muere a manos de unos amotinados en los alrededores de Maguncia; la cabeza de Maximino es plantada en una estaca al pie de los muros de Aquilea; dos de los Gordianos caen en África y el tercero, en la frontera de Persia; Valeriano expira en Asia en las cárceles de Sapor; Aureliano es asesinado camino de Bizancio; Tácito en Capadoccia; Probo en Iliria; los cadáveres de los Treinta Tiranos atestan las calzadas de Germania y de Gaula; se pierde y se gana Roma en todas partes menos en la propia Roma. La muerte de las instituciones, más lenta, apenas si es constatada por los autores de la Historia Augusta. La supervivencia de la forma oculta la desaparición del fondo; la jerga de las fórmulas republicanas, ya casi vacía de su contenido en tiempos de los primeros Césares, sigue en uso junto al pomposo protocolo y a la adulación más servil, bajo la monarquía orientalizada del siglo III, contentando a aquellos para quienes las apariencias son más importantes que la realidad, es decir, a casi todo el mundo. La adopción y la elección ya no son más que formas disfrazadas de venta en subasta y de golpe de Estado. El principio de la sucesión dinástica se derrumba entre la incompetencia y la sangre, con Cómodo en la época de los Antoninos y con Caracalla, en la de los Severos; la dinastía siria sólo da al mundo un joven loco y un joven cuerdo, ambos suprimidos rápidamente por la tropa, a la que no benefician los vicios de Heliogábalo y a la que importan muy poco las débiles virtudes de Alejandro Severo. La dinastía de los tres Gordianos dura seis años. Galiano reina ocho años. Galiano reina ocho años después de que los persas capturen a su padre, pero muere asesinado a su vez junto con su hijo Salonio. El ejército, único apoyo de los regímenes fuertes, se convierte por ello mismo en un principio de anarquía: como hay cada vez mayor cantidad de elementos bárbaros entres sus filas, aclimata Roma a la barbarie, al menos tanto como la defiende de ella. Las salvajes y pequeñas luchas intestinas que acaparan toda la atención de los historiadores, se desarrollan sobre un fondo de acontecimientos demasiado vastos para ser claramente percibidos por sus contemporáneos: la respuesta de los pueblos antaño intimidados o vencidos, las migraciones que pronto trastornarían el equilibrio del mundo, el empuje de las nuevas formas bajo la podredumbre o la sequedad de las culturas, la muerte de los antiguos mitos y el nacimiento de nuevos dogmas. Vistos bajo ese ángulo, los vicios de un Heliogábalo y las virtudes de un Aureliano ya no tienen sino una importancia relativa. Mas no debemos aceptar con demasiada facilidad el tópico de aquellos para quienes la historia no es sino una serie de circunstancias sobre las que nada puede el hombre –como si no dependiera de nosotros empujar la rueda, cruzarse de brazos o luchar-. No obstante, Heliogábalo adelantó la caída de Roma, mientras que Aureliano –por muy poco que fuera-, la retrasó. No nos corresponde a nosotros –tan miopes cuando se trata de evaluar nuestra propia civilización, sus errores, sus probabilidades de supervivencia y la opinión que de ella tendrán en el porvenir –sorprendernos de que los romanos del siglo III o del IV se contentasen hasta el final con vagas meditaciones sobre los altibajos de la fortuna, en lugar de interpretar con más claridad los signos anunciadores de que su mundo terminaba. No hay nada más complejo que la curva de una decadencia. El gráfico incompleto que nos ofrece la Historia Augusta se halla necesariamente inconcluso: el reino de Adriano es todavía una cima; el del lamentable Carino no es un final. Cada período de vertiginoso declive ha venido seguido de un descanso, incluso de una subida temporal que, cada vez que esto acaecía, se creía duradera; cada salvador que aparecía daba la impresión de poder arreglarlo todo. En la época en que la Historia Augusta se cierra sobre Carino, Diocleciano está ya presente; al salvador Diocleciano le sucederá el salvador Constantino, el salvador Teodosio; aún habrán de pasar renqueando ciento cincuenta años antes de que la larga lista de emperadores romanos se cierre lamentablemente tras el hijo de un secretario de Atila, característicamente cargado con el pomposo nombre de Rómulo Augústulo. Entretanto, la costumbre de ver catástrofes habrá sustituido al rechazo de prever o constatar valerosamente éstas; formas más rudimentarias de vida política habrán sustituido a la inmensa máquina imperial fuera de uso, al igual que, en las villas de los últimos patricios de Ostia, unas cisternas cavadas por aquí y por allá sustituirán bien que mal a las sabias tuberías que antes se alimentaban del agua de los acueductos y de las fuentes públicas. La clausura del gran espectáculo duraba desde hacía siglos pronto pasará casi desapercibida. Mejor aún: suele ser en el momento en que desaparecen las realidades cuando el talento del hombre se ejercita plenamente con hermosas palabras. Una vez desaparecida Roma, su fantasma tuvo larga vida. Al haber heredado el Imperio griego de Bizancio, paradójicamente, el nombre de Imperio romano, un añadido ficticio de más o menos mil años ha venido a sumarse al este de esta interminable historia: en los dos gruesos volúmenes dedicados por Gibbon al declive y a la caída del Imperio Romano, la Historia Augusta sólo ofrece la materia de los primeros capítulos; la obra termina con la entrada de Mahoma II en Constantinopla en 1453. Por otra parte, en Europa Occidental, al haber asumido el Imperio romano germánico la herencia de los Césares, se siguió jugando la antigua partida a través de los siglos, con unos envites aproximadamente iguales a los de antaño y una similitud singular en el temperamento de los jugadores. Es apenas exagerado mostrar, allende los gestos y hechos de papas y emperadores güelfos o gibelinos de la Edad Media, las caóticas aventuras de la Historia Augusta prolongándose hasta nuestros días, hasta Hitler librando sus últimas batallas en Sicilia o en Benvenuto como si fuera un César Romano Germánico de la Edad Media, o hasta Mussolini, a quien mataron cuando huía y después colgaron por los pies en un garaje de Milán, con lo cual murió en el siglo XX con una muerte digna de un emperador del siglo III. Una decadencia que se extiende así a lo largo de mil ochocientos años es algo más que un proceso patológico: lo que la Historia Augusta pone en tela de juicio es la condición del hombre mismo, la noción de la política y del Estado, esa masa deplorable de lecciones mal aprendidas, de experiencias mal hechas, de errores a menudo evitables y nunca evitados de los que ofrece, es cierto, una muestra especialmente lograda pero que, de una u otra forma, llenan trágicamente toda la historia. Los hombres de finales del siglo XX se figuraban la Decadencia romana bajo el aspecto de unos patricios coronados de rosas, apoyando el codo en unos cojines o en unas hermosas muchachas, o también –como los soñó Verlaine- componiendo acrósticos indolentes mientras miraban pasar a los brandes bárbaros blancos. Nosotros estamos mejor informados sobre la manera en que muere una civilización. No es por los abusos, vicios o crímenes –que suceden en todas las épocas-, y nada prueba que la crueldad de Aureliano fuese peor que la de Octavio, o que la venalidad en la Roma de Dido Juliano fuese mayor que en la de Sila. Los males por los que muere una civilización son más específicos, más complejos, más lentos, más difíciles, en ocasiones, de descubrir o definir. Pero nosotros hemos aprendido a reconocer ese gigantismo que no es sino la imitación fraudulenta y malsana de un desarrollo, ese derroche que impulsa a creer en la existencia de unas riquezas que ya no se tienen, esa plétora pronto reemplazada por la penuria, en cuanto se presenta la crisis más mínima; esas diversiones preparadas desde el poder; esa atmósfera de inercia y de pánico, de autoritarismo y de anarquía; esas reafirmaciones pomposas de un gran pasado en medio de la mediocridad actual y del presente desorden; esas reformas que sólo son paliativos y esos arrebatos de virtud que únicamente se manifiestan mediante purgas; ese afán de sensacionalismo que acaba por hacer que triunfe la política peor; esos pocos hombres geniales mal secundados y perdidos entre la muchedumbre de los groseros hábiles, de los locos violentos, de los hombres honrados pero torpes y de los sabios débiles. El lector moderno se encuentra como en su casa cuando lee la Historia Augusta.

1 comentario

  1. VivianPeralta said,

    Comentario de la Historia Augusta

    La mayoría de nosotros tenemos conocimiento de “El gran imperio Romano” sus legados a la historia, en su periodo de prosperidad. Obras arquitectónicas, su sistema de acueductos, su sistema de riego; sus filósofos, su oratoria, entre otras tantas cosas. Así como su caída devastadora. Pero ahora, que nos deja “ La Historia Augusta”… una cara de la historia quizás exagerada y fanática, con inclinaciones a sus preferencias, una historia relatada sin mucho escudriñar en una realidad verdadera y veraz…pero, que nos hace vivir en el mismo momento que la leemos, en ese lugar del cual nos cuenta sus grandes y pequeñas anécdotas.

    Quizás, no tan basado, en lo que ahora es un historiador, todas las técnicas, métodos que utilizan antes de plasmar algo como historia misma. Ahora bien, que nos hereda a forma de reflexión, pues sin lugar a dudas, que como personas y profesionales, no debemos ser mediocres, ni conformistas, y, antes de tomar partido por algo en particular, hay que analizarlo, escudriñarlo, debemos ser críticos y buscar muchas soluciones, oportunidades para no quedarnos varados en una pequeña isla de “esto basta”, “para que buscar más”, pues, nos invita a aprehender de sus errores, que si hemos leído con atención y analizado la lectura misma…es fácil encontrar muchos errores que tal vez en estos momentos estamos cometiendo o viviendo.

    La situación política de nuestro país, si estuviésemos en Roma, en aquellos tiempos de esplendor, con estas luchas de poder internas nos dirigiríamos sin lugar a dudas al declive romano. Y ya que no somos tan potentes pero si grandes, solo que sin saberlo y valorarlo, debemos crecer interiormente en sabiduría para después ayudar a crecer nuestro país.

    Así que la Historia Augusta, más que unas maravillosas y excitantes anécdotas y relatos, nos hereda algo valioso pero hay que escudriñar para hallarlo.

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